La historia reciente de Venezuela se parece a una novela que empezó como carrera de caballo y terminó con parada de burro. Hubo una promesa grande, casi bíblica: justicia social, dignidad, un país dueño de su destino. El petróleo hacía de coro optimista y el pueblo creyó. Pero el poder, cuando se acostumbra al aplauso, suele dejar de escuchar. Y cuando la fe sustituye al sentido común, la realidad cobra intereses con usura.
No fue pecado soñar, sino gobernar como si el sueño estuviera por encima de los hechos.
Las instituciones se fueron adelgazando, politizando. La crítica pasó a ser traición y la lealtad pesó más que la capacidad. El poder dejó de estar al servicio del pueblo y pasó a ser un botín; el gobierno y sus coludidos comenzaron a servirse de él sin pudor, con la naturalidad de quien confunde el Estado con su patrimonio personal. La corrupción se volvió costumbre y el discurso, coartada. El resultado fue previsible: una economía en ruinas, salarios que se evaporaban, estantes vacíos y una vida cotidiana cada vez más parecida a la supervivencia.
El hambre se sentó a la mesa del pueblo y el dinero comenzó a desvanecerse en las manos, perdiendo valor hasta no alcanzar para casi nada. Los pobres se empobrecieron aún más, mientras los gobernantes y su élite engordaban sus fortunas al abrigo del poder. La hiperinflación convirtió los billetes en papel decorativo y el salario mensual en una burla matemática.
Mientras tanto, buena parte de la izquierda mundial, ajena al sufrimiento del pueblo, reaccionó como ese amigo que defiende al borracho del barrio diciendo que «en el fondo es bueno». Se habló de conspiraciones y enemigos externos, pero se evitó mirar la nevera vacía y la mesa sin pan. Se defendió una idea aunque la realidad estuviera tirada en el suelo, sangrando. La ideología funcionó como venda en los ojos: cómoda, pero peligrosa. Fue más fácil culpar al imperio que reconocer que la mala gestión, la corrupción desenfrenada y el autoritismo disfrazado de revolución habían arruinado un país que alguna vez fue próspero.
Pero sería ingenuo pensar que la tragedia venezolana fue solo un asunto doméstico. Bajo el suelo venezolano duerme uno de los tesoros más codiciados del planeta: las reservas de petróleo más grandes del mundo. Y donde hay petróleo, hay intereses. Las superpotencias no miran a Venezuela con lástima ni solidaridad; la miran con calculadora en mano. Estados Unidos, China, Rusia, todos han bailado alrededor de ese pozo negro que promete fortunas. Unos con sanciones, otros con préstamos trampa, todos con la misma ambición disfrazada de preocupación geopolítica. El petróleo venezolano ha sido bendición y maldición: bendición porque pudo haber levantado al país, maldición porque atrajo buitres de todos los colores políticos. Y mientras las potencias mundiales jugaban ajedrez con el futuro de Venezuela, el pueblo seguía haciendo cola para comprar pan.
Entonces ocurrió lo más humano y desgarrador: la gente tuvo que marcharse en busca de un mañana posible, empujada por la simple necesidad de sobrevivir. No se fue por capricho, sino por hambre. Se fue a trabajar, a enviar algo a casa, a sostener desde lejos a quienes se quedaban resistiendo un día más. La migración no fue una estrategia política ni una consigna ideológica; fue un acto desesperado de amor familiar, sin himnos ni banderas, pero cargado de sacrificio y dignidad.
Después de la gente buena, llegaron también los pillos. Ya no había nada que los retuviera en su tierra, pero sí encontraron un amplio «mercado» en países ingenuos que los acogieron con los brazos abiertos. Y se aprovecharon de ello, dañando a quienes los recibieron y, peor aún, estigmatizando a sus propios compatriotas, que solo buscaban trabajar y vivir en paz.
Aquí conviene decirlo sin rodeos: el problema es individual. No se pueden cargar a comunidades enteras las culpas de unos pocos. Existen individuos que, lejos de agradecer la acogida, se aprovechan de la confianza y la buena fe del país que los recibió para robar, intimidar o extorsionar. Eso es real, y negarlo sería infantil. Pero existe también el error opuesto: una sociedad que, cansada y asustada, deja de distinguir entre el delincuente y el trabajador honesto, y termina culpando a todos por igual. En ambos extremos se pierde la justicia: en uno, porque se tolera al dañino; en el otro, porque se castiga al inocente. La ley debe aplicarse con firmeza, sin apellidos ni banderas, distinguiendo siempre entre quien busca ganarse el pan honestamente y quien elige vivir del daño ajeno. El hambre explica muchas cosas, pero no justifica el daño deliberado.
En ese clima llegó la presión internacional, hasta desembocar en la operación de Estados Unidos para capturar a Maduro. Un hecho que no admite aplausos fáciles ni condenas automáticas. Por un lado, fue una vulneración evidente del derecho internacional: ningún país, por poderoso que sea, debería pasar por encima de la soberanía ajena. Pero, por otro, pudo haber evitado una guerra abierta y la pérdida de miles de vidas. Es una de esas decisiones incómodas que obligan a pensar más y gritar menos. La paradoja fue cruel: un proceso que se proclamó durante años antiimperialista terminó definido por la acción directa de una potencia extranjera. La soberanía, repetida como mantra, ya estaba vacía antes de que alguien la tocara desde fuera.
De ahí surgen recetas simples, como la repatriación masiva, ese remedio que promete orden inmediato y solo garantiza nuevos problemas. No se puede devolver a millones a una casa que aún está en ruinas. Primero hay que apagar el incendio. Después se podrá pensar en reconstruir. La solución no pasa por expulsar en masa, sino por trabajar en la reconstrucción de Venezuela, apoyar procesos de estabilización y, mientras tanto, integrar con dignidad a quienes llegaron huyendo del desastre. Y sancionar, con todo el peso de la ley, a quienes delinquen, sean venezolanos, peruanos o de donde sea.
A final de cuentas, no debemos perder de vista que estamos hablando de seres humanos, y que nosotros mismos somos humanos. Ser peruanos, venezolanos, colombianos, chilenos o bolivianos no fue una elección: la vida decidió por nosotros. Las fronteras no las creó Dios; las dibujaron los hombres, empujados por guerras, intereses y codicias. Somos, con todas nuestras torpezas, una gran nación latinoamericana. No deberíamos mirar mal a otro ser humano por su nacionalidad. Independientemente de su procedencia, todos merecen respeto y, si es posible, ayuda. Y con la misma claridad, independientemente de su procedencia, deben ser sancionados con rigor quienes transgreden la ley y dañan deliberadamente a otros para enriquecerse con facilidad.
La historia venezolana, pese a todo, deja una lección con un hilo de esperanza. Los malos gobiernos pasan, las malas ideas también. Lo que queda es la gente, terca, cansada, pero viva, empeñada en levantarse. Tal vez ahí esté la única certeza: cuando el poder fracasa, la dignidad humana —aunque golpeada, pisoteada, traicionada— siempre intenta ponerse de pie. Y mientras haya gente dispuesta a levantarse, habrá esperanza de que el mañana sea mejor que el desastre de ayer.
Porque al final, lo que nos define no es la bandera que nos tocó por accidente de nacimiento, sino la capacidad de seguir siendo humanos cuando todo conspira para que dejemos de serlo.